China digital: apuntes técnicos desde el epicentro del comercio electrónico

Silvia Camesella,

China digital: apuntes técnicos desde el epicentro del comercio electrónico


Artículo de Santos Cavero, IT Consultant en el Clúster TIC Galicia

Entre el 17 de junio y el 8 de julio participé en un seminario sobre economía digital y comercio electrónico organizado por la Universidad de Hebei de Economía y Negocios y el ministerio chino correspondiente, con la Fundación Cátedra China como enlace desde España. Tres semanas de conferencias y, sobre todo, de visitas de campo a empresas en Shijiazhuang, Pekín, Hangzhou y Yiwu. Estas son mis notas para el sector, con la vista puesta en lo que Galicia y Europa deberían estar mirando.

El comercio electrónico como infraestructura cotidiana

La primera lección es de escala y de madurez. En China el e-commerce no es un canal más: es la infraestructura por defecto sobre la que se organiza el consumo. Lo comprobé en el condado de Suning y en la aldea de Tayuan, dos casos de estudio de comercio electrónico rural donde pueblos enteros han reorientado su economía en torno a la venta online, y también en la enorme Yiwu International Trade City, el mayor mercado mayorista del mundo, hoy completamente integrado con plataformas digitales y logística transfronteriza.

Entre las visitas de empresa, dos dejan claro el nivel del país. En Alibaba (Hangzhou) se ve el ecosistema completo —marketplace, pagos, nube, logística, comercio social y livestreaming— funcionando como una sola pieza. En el parque logístico JD Asia No.1 de Pekín, la automatización del almacén y del picking marca un estándar que en Europa todavía tratamos como excepcional y allí es rutina. A esto se suman visitas a NetEase (Hangzhou), a iSoftStone en servicios y transformación digital, al Hebei International Land Port —nodo del tren de carga China-Europa y ejemplo tangible de la "Ruta de la Seda Digital"— y a varias industrias regionales: el Grupo Pingle, un fabricante industrial tradicional que funciona como caso de manual sobre transformación inteligente y colaboración en la cadena de valor gracias a la tecnología digital; la láctea Junlebao; y firmas de red y tecnología como Jingchi y Tongfu. Todas muestran cómo la digitalización ha permeado también el tejido manufacturero tradicional.

El nivel de aplicación en el público general es el dato que más debería hacernos reflexionar: el pago móvil, las súper-apps y el comercio social están tan interiorizados en la vida diaria que la fricción que aún damos por normal en Europa allí sencillamente ha desaparecido.

Detrás de esa fluidez hay modelos de negocio que en Europa apenas despuntan. El comercio social y el livestreaming —vender en directo, con presentadores e interacción en tiempo real— mueven volúmenes difíciles de imaginar desde aquí, y el comercio transfronterizo (cross-border) está pensado desde el origen para escalar fuera de China, no como una adaptación posterior. Todo ello se apoya en una columna vertebral logística notable: el Hebei International Land Port y el tren de carga China-Europa son la cara física de la "Ruta de la Seda Digital", que combina infraestructura, aduanas digitalizadas y plataformas para recortar tiempos y costes del comercio internacional. A ello se suma una capa de seguridad de la información y de construcción de sistemas de e-commerce cada vez más regulada y madura, un aspecto que en el seminario ocupó varias sesiones y que conviene no subestimar.

Un mercado brutalmente competitivo

La otra cara de esa madurez es una competitividad feroz. El mercado chino itera a una velocidad y con unos márgenes que obligan a las empresas a mejorar de forma continua o desaparecer. Esa presión es, precisamente, lo que produce soluciones tan pulidas: no hay espacio para la complacencia. Para quien mire desde fuera, entender esa dinámica es clave, porque explica por qué muchos productos chinos llegan al mercado internacional ya optimizados en coste y en experiencia de uso.

A esa competitividad contribuye una combinación difícil de replicar: un mercado interno gigantesco que permite probar y escalar casi cualquier producto de inmediato, un volumen de talento técnico enorme y una cultura de ejecución orientada a la velocidad. El ciclo entre idea, prototipo y producto en el mercado es sensiblemente más corto que el nuestro. Conviene no confundir esto con una carrera únicamente de precio: cada vez más, la ventaja china es también de rapidez, de datos y de integración vertical de toda la cadena. Competir de frente en su terreno es, para la mayoría de empresas europeas, poco realista; colaborar, integrarse en su cadena o encontrar nichos complementarios es mucho más inteligente.

Robótica: calidad a un precio que Europa no puede igualar

En robótica el ejemplo que me llevo es Shenhao (Hangzhou Shenhao Technology), especializada en robots de inspección para redes eléctricas, subestaciones y vías férreas, apoyados en sensórica, inteligencia artificial y análisis de datos. Lo relevante no es solo la calidad —que es altísima—, sino la ecuación calidad-precio: fabrican a un coste con el que la industria europea, hoy, sencillamente no puede competir. No es una cuestión de mano de obra barata, ese tópico ya está superado; es integración vertical, escala, cadena de suministro local y una capacidad de fabricación que se ha convertido en ventaja estratégica.

Chips: el frente donde China está peligrosamente cerca

El capítulo de semiconductores es el que mejor resume el momento. El endurecimiento de los controles de exportación estadounidenses —con la restricción de los chips más avanzados de Nvidia, la exigencia de licencias para entidades con matriz en China y el cierre de los vacíos legales vía filiales en el extranjero— ha empujado a China a acelerar su apuesta doméstica, incluso llegando a vetar la importación de determinados chips extranjeros para forzar el desarrollo propio.

La respuesta tecnológica más llamativa es la de Huawei. Ante la falta de acceso a litografía EUV, en lugar de seguir persiguiendo la miniaturización plana ha propuesto una arquitectura de apilado vertical en 3D —bautizada como LogicFolding, dentro de lo que denominan la "Ley de Escalado Tau"— basada en unir obleas mediante hybrid bonding. La idea es acortar drásticamente las distancias que recorre la señal apilando capas de lógica, memoria y circuitos analógicos. Según la propia Huawei, el enfoque permite aumentos de densidad de transistores de en torno al 55 % sin necesidad de EUV, con el Kirin 2026 como primer chip en incorporarlo y con el objetivo declarado de alcanzar una densidad equivalente a procesos de 1,4 nm hacia 2031. Quedan retos serios —la gestión térmica del apilado es el principal—, y los analistas advierten de que la brecha se estrechará sin llegar a la paridad total. Pero el mensaje de fondo es inequívoco: cuando se les cierra una puerta, buscan otra. Y la encuentran.

Para Europa la lectura es doble. Por un lado, la dependencia tecnológica —tanto de EE. UU. como de Asia— es un riesgo estructural que hay que gestionar con cabeza. Por otro, el ritmo de innovación que impone esta presión abre oportunidades de colaboración en I+D, en fabricación y en diseño que sería miope ignorar. La guerra de los chips no es solo una noticia geopolítica lejana: define el coste y la disponibilidad del hardware sobre el que se construirá la próxima década de software, también el nuestro.

LLM: China ya es un actor de pleno derecho

Si alguien duda de hasta qué punto China es hoy un actor central en tecnología, basta mirar el panorama de modelos de lenguaje. Cuatro de los cinco mejores modelos open-weight del mundo son chinos: DeepSeek, Qwen (Alibaba), GLM (Zhipu) y Kimi (Moonshot), a los que se suman ERNIE (Baidu), Hunyuan (Tencent) o Pangu (Huawei). No son alternativas de segunda: compiten de tú a tú en programación y razonamiento con los mejores modelos cerrados occidentales, y lo hacen bajo licencias abiertas (MIT, Apache 2.0) que aceleran su adopción global. Esa combinación de capacidad, coste y apertura es exactamente la que puede redefinir el mercado.

Para una empresa gallega, esto tiene una consecuencia práctica inmediata: hoy es posible construir soluciones de inteligencia artificial sobre modelos abiertos de primer nivel, desplegables en local o en nube propia, sin quedar atada a un único proveedor y a una fracción del coste de las alternativas cerradas. Ignorar esta parte del mercado por desconocimiento equivale a renunciar a una palanca de competitividad que está, literalmente, al alcance de la mano.

Las preguntas que toda empresa TIC debería hacerse

Lo anterior no es un relato para admirar desde lejos, sino un espejo. Antes de decidir nada, conviene que cada empresa —y el propio clúster como colectivo— se plantee en voz alta algunas preguntas incómodas y necesarias:

  • ¿Nos interesa realmente colaborar con China, o nos basta con observarla? ¿Qué dejamos de ganar —y qué riesgo asumimos— si nos quedamos fuera mientras el resto entra?

  • ¿Somos complementarios o solo competidores? ¿Dónde aporta valor la tecnología gallega que allí todavía no está cubierto, y qué podemos aprender o aprovisionar que aquí nos cuesta producir?

  • ¿Qué buscamos exactamente: vender, comprar, encontrar socios de I+D, atraer inversión o simplemente aprender? El modo de entrada cambia por completo según la respuesta, y no tenerlo claro es la forma más rápida de perder tiempo y dinero.

  • ¿Tiene sentido organizar una misión tecnológica o comercial a China? ¿Con qué objetivo medible, con qué empresas y con qué agenda? Una misión bien preparada vale más que diez viajes sueltos.

  • ¿Por dónde empezamos? ¿Qué sector, qué ciudad (Shijiazhuang, Pekín, Hangzhou, Yiwu…), qué interlocutor? ¿Vamos solos o en consorcio?

  • ¿Con qué apoyos contamos para bajar la barrera de entrada? Entidades puente como la Fundación Cátedra China, las universidades y el propio clúster pueden ahorrar meses de prueba y error.

  • ¿Tenemos el mínimo conocimiento cultural, legal y regulatorio para no cometer errores caros? Y, del mismo modo: ¿cómo gestionamos desde el primer día los riesgos de propiedad intelectual, dependencia y contexto geopolítico?

No hay una respuesta única, y esa es precisamente la cuestión: cada empresa tiene la suya. Pero hacerse las preguntas ya es empezar a moverse.

Conclusión: el momento de entrar es ahora

La foto completa es la de un país que es ya un actor más —y de primer nivel— de la comunidad tecnológica global, pero que ni siquiera está desarrollado al 100 %. Y esa es, paradójicamente, la mejor noticia para quien mire desde Galicia y desde Europa: precisamente porque el ecosistema todavía está creciendo y abriéndose, este es el momento adecuado para entrar y colaborar, no para observar desde la barrera.

La cooperación y el desarrollo internacional no son un gesto de buena voluntad: son un motor de progreso para todos. Quedarse fuera de la conversación tecnológica china por recelo o por inercia sería un error estratégico. Entrar, entender su mercado y construir vínculos —con la lucidez necesaria, pero sin prejuicios— es la vía inteligente. El tren de la Ruta de la Seda Digital ya está en marcha; conviene subirse a tiempo.

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